Carretera Nacional 634 PK 242,30, 39500 Cabezón de la Sal - Barrio de Cabrojo, (Cantabria) 942 708 847

Micro relato gastronómico

Desde LA RETAMA queremos hacer un pequeño homenaje a la hostelería con tu micro relato.

Imagina cuántas historias no se habrían escrito si no existieran los bares, los restaurantes, las terrazas, los chiringuitos de playa...

Amor, confidencias, reencuentros, enfados, reconciliaciones, amistad.

La vida transcurre en los bares.

Queremos que nos cuentes tu historia. La que salga de tu imaginación o de tus vivencias.

¡¡Saca al 🖊 escrit@r que llevas dentro!!

🔸 Escribe un micro relato que transcurra en un bar o un restaurante. Ponle un título (opcional)

🔸 Que no exceda de 200 palabras y sin mencionar marcas comerciales.

🔸 Envía tu texto a nuestro correo electrónico info@laretamarestaurante.com o si lo prefieres un mensaje directo a nuestra cuenta de Facebook o de Instagram

🔸 Nosotros lo compartiremos en nuestra web y redes sociales.

#Sin HosteleriaNohayhistorias

Tu micro relato

Un maltrago

Quedaron en un bar, uno de esos modernos decorado con cosas viejas donde el plato del día es olla podrida −eso sí, gelificada. 

 A veces, el silencio determina más que las palabras, y en este caso el barman habló muchas (muchas más que ellos dos). 

No entiendo por qué hay camareros que piensan que cuando los comensales callan quieren que les den conversación. ¡Equivocación! Andan en sus cosas, no necesitan que nadie les interrumpa.

Aunque ese día su falta de diálogo sí quería expresar algo: vivían un duelo, la ruptura que amenazaba con llegar y que los dos pensaban que simplemente sería un mal trago (como otras veces) pasajero que podrían sortear.

La camarera, avispada, ya había percibido que por mucho que hicieran esos dos, lo que es es. Y aunque les sirviera delante la mayor delicatesen del mundo el nudo del estómago no les habría dejado disfrutarla.

Todo el mundo sabe que cuando tienes un disgusto el estómago se te cierra.

Micro relato de Sonia Alma


¿Lo de siempre?

Lo sabía, Jorge estaba convencido de que algún día volvería a entrar en aquella terraza de su restaurante favorito. Después de 47 días ingresado en el hospital de los cuales 10 pasó en la UCI, soñaba con aquel momento en el que tomarse una caña sería una experiencia totalmente distinta. Porque las cicatrices no sólo dejan una marca externa, sino que nutren los valores internos, uno ya no es el mismo y la forma de interpretar el mundo tampoco.


Podía haberse tomado esa cerveza en casa, hubiera sido más sencillo, pues sus fuerzas casi no le permitían ni poner el freno de mano si no usaba ambas manos para ello. Pero Jorge siempre apostó por ser valiente y seguir los deseos y placeres de su corazón, sabía que eso era sanador.

Llegó el momento mágico, se acercó a la barra y… no era la caña lo que más le apetecía, sino el sencillo y amable momento en el que el camarero le dice

– ¡Cuánto tiempo!, ¿Lo de siempre?

- Jorge, con una sonrisa amplia y generosa le contesta – Sí, lo de siempre-

Y saborea ese momento en el que aún tomando “lo de siempre” es único para él.


Micro relato de Alberto Rodrigo

Parada de Blues

Su vida era un perfecto caos, un cielo teñido de ocres y rojos. Cuando se sentía sola le gustaba acercarse a aquel bar y para distraerse imaginaba las historias ocultas tras los ojos y las risas que destilaban ginebra y whisky de los que allí probablemente también se refugiaban de sus miserias y tristezas.


Esa tarde sonaba " I Can't Make You Love Me " de Bonnie Rite, la voz femenina del blues.
El local se había ido llenando poco a poco, pero la soledad apretaba cada y una de sus cuerdas vocales. Empezó a llover y ella pensaba: "que llueva con fuerza, que arrastre calle abajo historias, que reviente puertas y no pare hasta ahogar a la razón".


De repente se abrió la puerta y allí estaba su camarero favorito siempre con aquella sonrisa, nadie más se había dado cuenta de que había llegado.


- ¿Que quieres? ¿Cafecito de siempre? ¿Azúcar moreno?
E intercambiaron un guiño cómplice.
Hablaron de muchas cosas, de muchas vidas, de muchos holas y adioses, de tiros a bocajarro,de injusticias, de dioses y mortales, de inviernos y primaveras, de sueños y hambrunas, de libros, de lunas...
- Ponme otro café si eres tan amable

"...¡Bares que lugares!..."

Micro relato de Raquel Laso


El relato del Capricho

Máximo era ese tipo de hombre que desprende un aura diferente. Con su abrigo de solapa, su barba bien cuidada y un misterioso libro que le acompañaba a todas partes. Parecía un personaje sacado de una novela negra. Máximo, también era un hombre de costumbres. Cada mañana, a las siete y media, aparecía por la puerta y se sentaba, casi sin hacer ruido, al fondo de la barra. 

Lucía, que casi siempre tenía turno de mañana, le conocía bien y parecía que era la única persona en este mundo capaz de arrancarle una sonrisa. ¿Qué tal Maxi,  hoy ya me enseñas el libro o lo dejamos para cuando me invites a cenar? Era divertido ver como entre la barba de Máximo se adivinaban los hoyuelos de esa sonrisa cómplice. 

Un día Lucía se encontró el libro de Máximo encima de la barra junto con una nota que decía: “ahora sí que lo puedes leer”. El libro se titulaba “Tú eres mi Capricho” y en la primera página había una dedicatoria escrita a mano …y era para Lucía. “Querida Lucía, este libro es un resumen de

Micro relato del equipo del Capricho de Gaudí de Comillas


Aquella cafetería con encanto

Esa tarde hacía frío, así que entré en un pequeño pub/cafetería con encanto del casco antiguo. 
Conocía ese sitio de cuando era estudiante, y seguía igual. Durante la madrugada era testigo de las aventuras estudiantiles,  y entrada la tarde era un lugar tranquilo para poder disfrutar de un buen café y una buena conversación. 


Nada más girarme para pedir, la ví, allí sentada en una mesa, riéndose, con esa osada sensual y atractiva madurez. Desde ese instante ya no pude despegar mis ojos de ella en todo el rato que allí estuvo. Y aunque aún no lo sabía, tampoco podría apartarla de mi cabeza el resto de mi vida.


Dudaba de si abordarla en ese mismo instante con cualquier excusa, o esperar a que saliera y seguirla. Sí está última opción era muy de psicópata, pero al final no haría ni lo uno ni lo otro. Sí, muy de cobardes. Y mientras me debatía con mis pensamientos al mismo tiempo que echaba el azúcar al café, la escuché: 
-Perdona, ¿no tendrás un cargado?

Micro relato de Mariví Arufe


Los amantes

Cada mañana se citaban en una cafetería del centro de la ciudad. Ella solía llegar tarde, siempre se la complicaba el trabajo. Él, la esperaba paciente leyendo el periódico. Ella, llegaba acelerada y enseguida le veía, él levantaba la mirada, cerraba el periódico y decía: “pero que mona va esta chica siempre”. 

Después, ella se sentaba riendo a carcajadas, encantada de la vida y le contaba sus historias y confidencias, él la escuchaba emocionado y expectante. Pero, ella enseguida tenía que volver al trabajo, el tiempo se pasaba volando y se citaban para el día siguiente, en esa o en otra cafetería.

 Y así cada día, cada semana, las paredes de los bares eran testigo de sus miradas, y de su bonita historia que poca gente conocía.

Micro relato de Puri Monroe de Volando desde Santander


El faro

Me sentía como en casa, por eso elegí el bar de siempre. Vale, todos me conocían y quizás eso pudiera ser complicado, demasiadas preguntas que responder. Pero era un lugar seguro, me reconfortaba y me hacía sentir protegido. 

Llegó cinco minutos después y lo llenó todo. Las caras conocidas se desdibujaban a su alrededor y las conversaciones se iban apagando; para mí no hubo nadie más. 

Bebimos, comimos y reímos sin interrupciones, era el ambiente perfecto. Además no iba a dejar que pagase, me conocían demasiado, invitaba yo. 

Creo que desde ese momento mi bar se transformó en nuestro bar; donde aquello nació, el que lo vió crecer, nuestro bar sin duda. 

Ahora la persiana está cerrada, pero desde marzo no ha habido un solo día en que Osvaldo; el dueño, mi amigo, y yo no nos hayamos cruzado varios mensajes preguntando algo tan sencillo como: ¿Qué tal vamos? 

El domingo quitan las restricciones y pienso estar allí como un clavo. Echo de menos mi casa, nuestra casa, nuestra familia. 

Tendremos más cuidado que nunca para que no vuelvan a tener que cerrar. A la familia hay que cuidarla por encima de todo. 

Micro relato de Luisja Torres


Bares

Y como todas las tardes, después de salir de trabajar, me dejé llevar a ElBar.

Donde siempre nos reuníamos sin hora y reíamos, y nos contamos las derrotas del día y las victorias pírricas de alguna noche sin memoria, y desgranábamos cada sueño y algún silencio, mientras David seguía sirviendo las cervezas con el ritmo preciso, y nos mirábamos a los ojos y sabíamos que siempre podíamos estar allí, porque aquel bar de barrio, con sus maderas y sus historias secretas, era un refugio amable que nos alejaba por unas horas de los sinsabores y los rigores de la vida, y brindábamos por los que se habían ido para siempre, para que no se fueran del todo, y nos acordábamos de los que estaban en otras barras con otras gentes y arreglábamos el mundo, y bromeábamos con chistes viejos y malísimos, y admirábamos con respeto a las mujeres bellas que bebían solas, y echábamos alguna partida con señas, y perdíamos a los dardos.

Aquella tarde entré y me saludaron con un breve gesto, y me puso David la primera cerveza, y empezamos a hablar, sin prisa, porque sabíamos que siempre podíamos volver a ElBar. 

Y ver la vida pasar.

Micro relato de Eugenio Sáenz de Santa María


El último cole

Llegaba cada día puntual. A las 17:30 se quitaba el abrigo, limpiaba sus zapatos contra el esparto y entraba en el viejo local.

Se sentaba en la mesa del fondo; en la solitaria tabla cuadrada pegada a la ventana. Y es que desde allí casi podía oler el mar.

Cuando venían a atenderla, lo tenía muy claro:

-Un vaso de leche y unos tortos con azúcar, por favor.

No sé si era ese lugar, la leche caliente o el sabor de la harina de maíz recién amasada. No sé qué era, pero entonces recordaba.

Y yo me sentaba justo enfrente, embobada. Escuchaba entonces historias de bicicletas, de familias numerosas y de guerras. Y cuando el último sorbo de leche quemaba sus labios, abría mucho los ojos para intentar fijar cada imagen en su cerebro.

-Güelita, ¿nos vamos?

Cada día la despertaba de esta ensoñación prometiendo que volveríamos pronto.

Micro relato de Aprendizaje Viajero


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